Poner la fe antes del miedo no siempre es fácil. Mientras escuchaba hablar de los bombardeos en el área de Nueva York hoy, me vino a la memoria una experiencia diferente que tuve mientras estaba en la ciudad de Nueva York hace un año.

Yo estaba visitando a un amiga en Nueva Jersey y estaba emocionada de ver finalmente la gran ciudad vecina, de la cual había escuchado mucho. Una de las cosas en mi lista para visitar era el Templo de Manhattan. El primer día que llegué, mi amiga todavía tenía que trabajar durante el día, así que decidimos que yo iba a ir a explorar por mi cuenta en la mañana y luego me reuniría con ella en el templo para la última sesión del día.

Disfrute inmensamente mi día, pasándome el tiempo en la Estatua de la Libertad y el Museo Nacional Conmemorativo al 11 de septiembre. Eran lugares que había querido ver desde hace años, pero hacia el final del día, yo sabía que tenía que empezar a encontrar mi camino a el templo para encontrarme con mi amiga.

No soy buena para ubicarme y había confiado en el servicio de taxi la mayor parte del día para llegar a donde iba, pero tenía que tomar el metro para llegar al templo. Estuve en la parada del metro equivocado más de una vez, y cuando encontré a alguien que reconociera dónde estaba tratando de llegar y me dijera cómo llegar, la emoción de las nuevas imágenes y sonidos de la jornada había desaparecido. Estaba agotada, un poco abrumada, y más que lista para algo familiar.

Mientras subía las escaleras del metro, me acordé que me amiga me había dicho que el templo estaba justo al frente de la parada de metro. Pero cuando llegué a la parte superior, todos los edificios se veían iguales. Estaba oscuro, todo era alto y desconocido, e inmediatamente pensé que me había perdido otra vez. Entonces algo me dijo que “mirara hacia arriba”. Mientras lo hacía, me di cuenta de algo pequeño que sobresalía de los edificios, era el ángel Moroni encima de una aguja.

Nunca había estado tan feliz de ver ese hermoso faro. Una enorme sensación de alivio se apoderó de mí, y me di cuenta que tal vez había estado más ansiosa de lo que pensaba. Rápidamente caminé hacia el templo y finalmente encontré a mi amiga. Mientras asistíamos a una sesión de investidura, las preocupaciones y los temores de la tarde se desvanecieron. El ruido de la ciudad, del cual no me había dado cuenta hasta que estaba cansada y perdida, se contrastó fuertemente con la más tranquila paz del templo como jamás lo había notado antes, y de alguna manera me hizo sentir más limpia, como si el ajetreo de mi un entorno desconocido estuviese siendo lavado. La única manera en que puedo describirlo sería como la sensación que tienes cuando llegas a casa, a un lugar donde sabes que estás seguro y eres querido.

Aveces pienso en esta experiencia cuando los acontecimientos del mundo me dejan con la sensación de incertidumbre e inestabilidad. Hay una escritura que creo que la describe perfectamente: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor, y de dominio propio”. ( 2 Timoteo 1:7 ).

El templo es un verdadero paraíso en mi vida. Me recuerda a mi identidad eterna y la temporalidad de las cosas duras que pasan en el mundo. Me encanta esta cita del Élder Cook de la conferencia general de octubre de 2007: “Es nuestra fe en Jesucristo lo que nos sostiene en las encrucijadas de la vida. Es el primer principio del Evangelio y sin ella, permaneceríamos en el mismo lugar, perdiendo nuestro precioso tiempo, sin llegar a ningún lado”. En un mundo donde las cosas son inciertas ya veces dan miedo, he aprendido que todavía puedo encontrar el gozo y la esperanza si recuerdo enfocar mi fe en mi Salvador.

 

 

 

 

Este artículo fue escrito originalmente por Jannalee Rosner y publicado en ldsliving.com, como  “How the Temple Brought Me Peace Amidst Fear and Confusion”
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