Un día, cuando asistía a la Facultad de Leyes de la Universidad de Nueva York, pasé al lado de dos jóvenes indigentes en West Village. Cuando una de ellas me pidió dinero para comprar comida, les compré dos hamburguesas y papas fritas. Mientras comíamos, me contaron acerca de su vida en las calles.

Sus historias eran desgarradoras. Además de ver a dos jovencitas con múltiples perforaciones, tatuajes y ropa sucia, vi a dos mujeres jóvenes veinteañeras tristes y solas. Me describieron los peligros de dormir en los parques, siendo robadas en la calle y otras malas experiencias que habían tenido en un albergue para indigentes.

Les pregunté,” entonces ¿qué necesitan?”

Me dijeron que sesenta dólares serían suficientes para comer y conseguir una habitación en un motel barato.

Sentí pena por ellas y les dije, “¿así que si las veo en esta esquina y les doy sesenta dólares cada día, serían felices?”

Después de unos minutos en silencio, la más joven comenzó a llorar y sacudió la cabeza; “entonces, ¿cómo les puedo ayudar?”, les pregunté, y la otra joven respondió “queremos empleos”. Sin currículo o ropa limpia, los lugares a los que se hubieran acercado no estarían dispuestos a contratarlas. Anoté su número de teléfono y me ofrecí a ayudarlas.

Lo primero que encontré fue empleo de servicio al cliente y me comuniqué con las muchachas. Nos vimos en la esquina y me dijeron que no querían empleo secretarial o de atención al cliente por teléfono. Tampoco querían trabajar en lugares diferentes. Lo que realmente querían era trabajar de meseras en un restaurante, siempre y cuando estuvieran juntas. Esto me pareció un tanto exigente, pero parecían sinceras, así que revisamos los anuncios de empleos y llamamos.

Encontré un hombre amable que accedió a darles uniformes de trabajo y empleo como meseras en un restaurante ruso. Sin haberlas visto, este hombre accedió a darles esta oportunidad sólo porque estuvo de acuerdo en que estas dos jóvenes indigentes necesitaban una oportunidad. Cuando les dije a las muchachas se derrumbaron. Estaban muy agradecidas y emocionadas. Les di la dirección, el día que debían empezar y la hora. Estuvieron de acuerdo en que la ubicación y la hora eran perfectas. Me sentí maravillosamente bien.

Desafortunadamente ese sentimiento no duró mucho ya que el día acordado, ellas no se presentaron a trabajar. Convencí al empleador de que les diera otra oportunidad. Cuando llegué a comunicarme con ellas, me dijeron que estaban atrapadas en Brooklyn que tenían que “cuidar la casa de un amigo”. Les dije que tenían otra oportunidad de trabajar al día siguiente, pero que si no iban podrían perder el empleo. Se deshicieron en disculpas, me agradecieron y juraron que irían, pero otra vez no fueron.

Cuando frustrado les llamé, me dieron otra pobre excusa. Después de hablar nuevamente con el dueño, les dije que podrían ir a trabajar el día que quisieran y que él les daría oportunidad. También les dije que ya no estaría al pendiente de ello que si querían el empleo ya dependía de ellas.

Semanas después me las encontré mendigando en las calles. Como era de esperarse, nunca fueron al restaurante para obtener el empleo. Pensé en darles una lección, pero luego me di cuenta de que no valía la pena. Estas muchachas habían tenido una vida dura y obviamente necesitaban ayuda. Sus peticiones de ayuda parecían sinceras, pero al final sus deseos no eran realmente sinceros. Ellas sólo pensaban en que querían algo que yo pudiera ofrecerles. Les gustaba la idea de un trabajo estable, pero honestamente nunca decidieron tomar uno.

La depresión

Así como estas dos jóvenes, si no estamos seguros de que queremos ayuda, Dios no puede ayudarnos. Sólo cuando somos realmente honestos, con “íntegro propósito de corazón” y sin “hipocresía”, “sin engaño” (2 Nefi 31:13), el Señor está dispuesto y es capaz de conceder un poderoso cambio de corazón.

En el experimento de Alma con la semilla, explicó que sólo necesitamos “ejercer una partícula de fe”, una partícula tan pequeña como un sincero “deseo de creer”, para que el Señor nos ayude (Alma 32:27). Entonces, necesitamos “dejar que este deseo obre en nosotros”, y porque esa semilla de deseo es buena, tan pronto como la nutramos y no la echemos fuera, crecerá (Alma 32:27). No necesitamos una fe total desde el principio; como el padre de ese hijo poseído y suicida de la Biblia, sino lo que necesitamos es un honesto “deseo de creer”; necesitamos una disposición sincera. Cuando la sinceridad se combina con una fuerte humildad, el Señor nos da más deseo y fe.

Otra vez el rol de las obras es secundario. Obsérvese el tipo de árbol en que se convirtió la semilla de Alma: el “árbol de la vida” (Alma 32:40). Esta semilla del honesto deseo crece en ese mismo árbol icónico soñado por Lehi y Nefi. El fruto de ese árbol es el amor de Dios. El amor puro de Cristo es la caridad, la cual produce buenas obras. No hacemos buenas obras y luego recibimos fe y no nos salvamos a nosotros mismos. Si con humildad y sinceridad deseamos creer, el Señor nos ayudará con nuestra incredulidad, nos dará fe para arrepentimiento y nos llenará con su amor. Cuando estamos llenos de caridad, inevitablemente le seguirán las buenas obras.

Así que cuando lo busquemos, ¡el Señor nos dará lo que queremos! Dios “concede a los hombres según lo que deseen” (Alma 29:4); incluso los hijos de perdición reciben lo que ellos quieren (véase D y C 88:32). De hecho, todos nosotros “disfrutaremos de lo que estemos dispuestos a recibir”. Los “mejores dones” son “dados para el beneficio de aquellos que aman a (Dios) y guardan todos (Sus) mandamientos y de los que procuran hacerlo (D y C 46:8-9, énfasis agregado). Sólo necesitamos decidir si realmente queremos que Él intervenga en nuestras vidas y nos ayude en nuestros deseos rectos.

Necesitamos el deseo inicial para permitirle al Señor que nos ayude. Debido a que se nos ha dado albedrío moral, el deseo es algo que no se nos puede dar contra nuestra voluntad. Necesitamos querer un cambio permanente sino el Señor no intervendrá. Específicamente, necesitamos que Él no sólo cambie nuestra habilidad para vencer la tentación, sino para cambiar nuestra disposición. Necesitamos que Él cambie nuestras necesidades, que cambie nuestros deseos. Debemos querer sinceramente que nuestros deseos por esos “pecados que disfrutamos” se vayan para siempre sin duda alguna o sin vacilar.

Debemos desear de manera decisiva un poderoso cambio de corazón, porque cuando estamos atrapados en ciclos de pecado, no hay otro escape. No podemos abandonar esos pecados por la sola fuerza de voluntad, sino ya lo habríamos hecho.

Otra vez, el Élder Bednar explica que este cambio “no es simplemente el resultado de trabajar duro o de desarrollar una gran disciplina individual, sino que es una consecuencia fundamental del cambio de nuestros deseos, nuestros motivos y nuestra naturaleza que se hace posible a través de de la Expiación de Cristo nuestro Señor”. Con la Expiación del Gran Mediador y la intervención espiritual podemos superar “tanto el pecado como el deseo de pecar, tanto la mancha como la tiranía del pecado”.

¿Por qué me tomó tantos años darme cuenta de esto?

Después de graduarme de seminario y de estudiar un año en la Universidad de Brigham Young, pensé que entendía la Expiación. Nunca cuestioné eso hasta que fui un misionero recién llegado al campo misional, acostado en la cama y tratando de dormir.

“Simplemente no entiendo”, dijo mi compañero mayor en voz baja. Era ya tarde y yo estaba cansado. “Simplemente no entiendo” dijo de nuevo. Con los ojos cerrados, deseé que dejara de hablar y se durmiera. Sin embargo, después de repetir otra vez lo mismo, no pude evitarlo.

“¿Qué es lo que no entiende?”

“La expiación”, me contestó “simplemente no la entiendo”.

Este misionero estaba a punto de volver a casa, después de dos años de servicio y yo todavía tenía que estrenar un par de calcetines, pero estaba un poco molesto por esta argumentación de última hora y mordí el anzuelo.

-“¿Qué es lo que no entiende?”

-“Cómo funciona”

-“¿Qué quiere decir?”

-“¿Cómo fue eso posible?, ¿me entiendes?”

Recuerdo que traté de mantener la boca cerrada, intentando dormir, pero tenía curiosidad de saber qué era lo que este élder no entendía. Ciertamente había escuchado a algunos de los hermanos decir que había cosas sobre la Expiación que no entendían, pero no sabía exactamente cuáles eran esas cosas. No sabían lo que no sabían, por así decirlo. También sentí como si el élder estuviera tratando de impresionarme.

“¿Qué es lo que piensa y cree de cómo fue esto posible?” – preguntó después de que permanecí en silencio.

No pude evitarlo. “No lo sé, creo que… Cristo fue capaz de tomar sobre sí nuestros pecados y resucitar voluntariamente para poner en operación el plan del Padre en la existencia premortal y vivir sin pecado. Tenía que tener una madre mortal (María), para poder experimentar la tentación y morir, y un Padre divino (Padre Celestial) para que pudiera ser sin pecado y resucitar”.

“Tú no entiendes”, dijo mi compañero.

“¿Qué es lo que no entiendo?”, pregunté frustrado.

“Simplemente no entiendes”.

Herido, tardé horas antes de que finalmente pudiera quedarme dormido. Siento tener que admitir que llevé esa frustración conmigo durante los meses que estuve con este compañero y he pensado muchas veces en ese incidente desde entonces.

De hecho, ahora me doy cuenta de que hay muchas cosas que no sé acerca de la Expiación (incluyendo no saber lo que es que no sé). Lo más importante es que desde entonces he aprendido de componentes importantes de la Expiación que no entendía mientras servía en la misión. Es vergonzoso lo poco que sabía comparado con la confianza que esa vez mostré.

No entendía que la gracia era algo que necesitaba para obedecer, yo pensaba que sólo una “diferencia” que Cristo hizo para después de mi muerte. No me daba cuenta de que la Expiación no tenía la intención de que simplemente me arrepintiera una y otra vez de los mismos pecados, sino de quitar mi deseo de pecar. Por ejemplo, la Expiación no sólo perdona a alguien por adulterio, puede quitar la lujuria de su corazón. Por supuesto, había leído acerca de poderosos cambios de corazón, pero por alguna razón no me di cuenta de que se aplicaban a mí y sospecho que no estoy solo cuando se trata de una comprensión incompleta.

Todos, en esta vida, necesitamos tener un cambio de corazón ya sea de manera gradual o de manera poderosa, y lo más probable de manera repetida. El primer paso para recibir esta bendición vital de la Expiación es desearla de manera decisiva.

 

 

Este artículo fue escrito originalmente por Robert Reynolds publicado en ldsliving.com, con el título “The One Thing That Prevents the Lord from Helping Us Change”Español ©2016 LDS Living, A Division of Deseret Book Company | English ©2016 LDS Living, A Division of Deseret Book Company.

Traducido por Rebeca Martinez

 

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