Al estudiar esta clase de Doctrina y Convenios, comprendamos que el objetivo es comprender la manera de proceder en lo que se refiere a la sucesión en el liderazgo de la Iglesia. Para aprender un poco más, se recomienda estudiar el libro Revelaciones en Contexto.

El profeta José Smith dio las llaves del reino a los Doce apóstoles

Cuando Wilford Woodruff era miembro del Quórum de los Doce, contó  las siguientes palabras del profeta José:

“Ahora bien, hermanos, doy gracias a Dios por haber vivido hasta ver el día en que se me ha permitido darles la investidura, y ya he sellado sobre sus cabezas todos los poderes del Sacerdocio Aarónico y el de Melquisedec y el Apostolado, con todas las llaves y los poderes de ellos, los cuales Dios ha sellado sobre mí; y ahora traspaso toda la obra, el peso y la administración de esta Iglesia y Reino de Dios a los hombros de ustedes, y les mando, en el nombre del Señor Jesucristo, prepararse y guiar esta Iglesia y Reino de Dios ante el cielo y la tierra, y ante Dios, los ángeles y los hombres”.

Para entender la sucesión de un profeta en la iglesia, escudriñemos la declaración del presidente Harold B. Lee dijo: “El profeta José Smith declaró que ‘donde no haya presidente, no habrá Primera Presidencia’. Inmediatamente después del fallecimiento de un Presidente, el cuerpo que le sigue en rango, el Quórum de los Doce Apóstoles, llega a ser la autoridad presidente, convirtiéndose automáticamente el Presidente del mismo en el Presidente de la Iglesia en funciones hasta que oficialmente se ordene y se sostenga a éste en su oficio”.

Después de efectuar ordenanzas en el templo, los santos pasaron por grandes pruebas y experimentaron milagros al comenzar su viaje hacia el oeste de los Estados Unidos. En la primera noche  que acamparon en Sugar Creek, nacieron nueve niños. El frío era terrible y los santos no tenían refugio adecuado. Eliza R. Snow registró lo siguiente:

“Las madres daban a luz a sus retoños bajo casi todas las variadas circunstancias imaginables, menos aquellas a las cuales estaban acostumbradas: algunas en tiendas de campaña, otras en los carromatos, bajo tormentas de lluvia y de nieve. Escuché de un nacimiento que ocurrió en un rudimentario parapeto, cuyos lados los habían formado con cobijas (mantas) atadas a estacas enterradas en el suelo y el techo hecho de cortezas de árboles por el cual se deslizaba el agua. Unas buenas hermanas sostenían platos para juntar el agua que caía dentro y así proteger al pequeño y a su madre de una ‘ducha de lluvia’ a su entrada a este mundo…

“Debemos recordar que las madres de esos niños, nacidos casi se puede decir a la intemperie, no estaban acostumbradas a deambular por los bosques ni a enfrentar tormentas y tempestades… La mayoría de ellas habían nacido y se habían educado en los estados orientales [de los Estados Unidos], habían abrazado el Evangelio tal como Jesús y Sus apóstoles lo habían enseñado y, por la religión que habían adoptado, y por medio de su fe, paciencia y empuje, se habían reunido con los santos y habían ayudado bajo circunstancias sumamente difíciles a hacer de Nauvoo lo que su nombre indicaba: ‘La hermosa’. Allí ellas tenían casas bonitas, decoradas con flores y árboles frutales, que recientemente habían comenzado a dar en abundancia.

“A esas casas… les dijeron adiós por última vez y con lo poco que pudieron cargar en uno o dos y, en algunos casos, tres carromatos, comenzaron a recorrer el camino rumbo al desierto”.

 

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