Aunque creo que los milagros médicos suceden y han ocurrido para muchas personas, mi esposa y yo hemos atravesado por una situación que no ha producido un milagro, al menos en los términos que muchos definirían como un milagro.

El 30 de julio de 1998, le dimos la bienvenida al mundo a nuestro primer hijo. Él era muy pequeño, sólo pesaba 2 kilos doscientos, pero para nosotros era perfecto. Después de que él nació esa noche, no tomó ningún alimento; llamaron a un cirujano y tuvimos una consulta con él temprano en la mañana. Después, ellos se llevaron a nuestro hijo Ian-Connor para hacerle las pruebas.

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Estaba esperando que la primera ola de tráfico dirante la hora pico se calmara y luego planifiqué llegar al hospital a las 9 de la mañana. De pronto, mi esposa llamó y me dijo que fuera al hospital ese mismo momento.

Cuando llegué al hospital, mi esposa y el cirujano ya estaban discutiendo nuestras opciones. El Doctor recomendó una cirugía porque sospechaban que fuera de bloqueo intestinal debido a  los numerosos ultrasonidos realizados. La situación era real y seria, y en menos de 24 horas  nuestro bebé fue llevado a cirugía.

Los físicos dicen que el tiempo es relativo, una ilusión de nuestro sistema nervioso. Lo que experimentamos ese día pareció prolongar el tiempo y alargar minutos para sentirse como si fueran horas. El mundo que nos rodea era más lento y el tiempo se detuvo.

La cirugía había terminado y fue una éxito. El cirujano, que se llamaba Ian, fue capaz de eliminar el bloqueo, pero también se tuvo que extirpar un tercio de su intestino. El bloqueo había estirado tanto el intestino que se volvió inservible y tuvo que ser retirado. Esto fue particularmente malo porque, para empezar, Ian-Connor ya tenía un intestino corto y ahora tenía solo la mitad de lo que debería tener.

El problema siguiente fue que una parte del intestino, que nunca se había sido utilizada, era muy pequeña debido a que no se había estirado con el bloqueo del meconio (primera evacuación de los recién nacidos). El truco era cómo encajar esa sección con la sección que estaba demasiado estirada. Era como enganchar un lápiz y una salchicha sin espacios ni huecos entre ambos. Después de la cirugía, todo lo que pudimos hacer fue esperar y ver.

Milagros

La peor noticia, él la dejó para el final.

El cirujano había visto este tipo de bloqueo antes. Estaba casi seguro de que fue causado por una Fibrosis Quística (FQ). No estábamos totalmente preparados para esto, la Obstetra de mi esposa nos había dicho cuando descubrimos el bloqueo que eso pudo ser causado por 5 o 6 cosas diferentes, una de las opciones fue una FQ.

Nos habíamos aferrado al FQ por algún motivo desconocido. De todas las cosas que el doctor nos dijo, la Fibrosis Quística fue la que investigamos y con la que nos obsesionamos. Eso no nos sorprendió del todo,  lo que sí nos sorprendió fue la realidad de esta enfermedad infantil: No tiene cura.

El cirujano continuó explicando que esta enfermedad genética es común en la herencia escandinava y es común en las comunidades insulares, como los mormones y los judíos.

Se nos dijo que no nos preocupáramos hasta que la prueba de ADN regresara confirmando la Fibrosis Quística, pero como cualquier padre a quien se le habían dado malas noticias, uno sabe que el que le digan que no se preocupe viene a ser el consejo más ridículo e inútil que hay.

Se hicieron llamadas telefónicas a nuestros familiares y amigos ese día y muchas oraciones fueron hechas con nuestros nombres.

Mientras manejaba a casa esa noche para atender a nuestro perro, me sentí aturdido y conmocionado por el giro de los acontecimientos, me sentía abrumado y devastado. Tal vez fue mi ego o mi necesidad de ser fuerte, pero no demostré mucha emoción frente a mi esposa. Pero una vez que estuve a solas en la oscuridad, conduciendo bajo la lluvia de Seattle, supliqué en voz alta al Padre Celestial por mi hijo.

Le supliqué por su vida. Supliqué por ayuda, negocié dramáticamente para salvar a nuestro hijo. No recibí consuelo de esta súplica, sólo un vacío físico y emocional. No esperaba una manifestación divina de tranquilidad, sólo quería ser escuchado y entendido por mi Padre Celestial. Fue un momento crucial en mi vida adulta.

Ni mi esposa ni yo podíamos comprender ni anticipar lo que sucedería al día siguiente, la semana siguiente o los próximos años. No previmos los buenos o malos tiempos que nos esperan.

Para mí, tuve que aprender a dejar ir lo que ya no podía controlar. Los eventos dentro de dos días cambiaron el curso de nuestras vidas para siempre. Ambos aprendimos que nuestra familia era lo más importante en este mundo y en el mundo por venir. Esos eventos cambiaron las elecciones que tomaríamos. En términos prácticos, ¿no es eso lo que un milagro debería hacer cambiar el curso de tu vida?

Aprendimos que la FQ es una enfermedad genética terminal transmitida de padres a hijos. Después del diagnóstico, me sentí como una falla genética y no había nada que pudiera hacer al respecto.

Esta era mi nueva vida y esta era la vida de mi hijo. El punto es que a veces tu situación está fuera de tu control. Donde creciste, quiénes son tus padres y cómo te criaron son factores que están más allá de tu control, como también lo son las características genéticas que heredas.

Lo que aprendí y todavía estoy aprendiendo es que no debes desperdiciar tu energía quejándote o culpando a otros por factores genéticos o del entorno donde vives que pueden haber impedido tu capacidad para tener éxito. En cambio, tu estrategia debe ser construir un sistema para el éxito dentro del contexto de tu mundo actual y luego avanzar.

Hay circunstancias que no se pueden cambiar. Mis oraciones al comienzo de este viaje no fueron respondidas por la intervención de Dios o por milagros en los términos que yo quería. Pero lo que sucedió fue mucho más importante. He aprendido que aunque no podamos cambiar las circunstancias de nuestras vidas, podemos cambiar la forma en que percibimos y actuamos dentro de ellas.

Ver a mi hijo Ian-Connor crecer de un niño a un joven adulto también me ha mostrado cómo supera las predisposiciones genéticas que han moldeado su vida. Él puede declarar con fundamente que muchas de las elecciones en su vida han sido predeterminadas en base a su información  genética.

De todas formas, yo creo que hay mérito y verdad en la frase “nacimos de esta manera” y que estamos genéticamente predispuestos los profundos e inamovibles límites y características de la naturaleza, mi perspectiva se ha expandido para abarcar la posibilidad de que a pesar de las anomalías genéticas que puedan afectar nuestras vidas, podemos ser algo más y tomar decisiones que cambian el curso de nuestras vidas.

familia

Cuando el milagro no ocurre, debes ser paciente y cambiar tu perspectiva.

No, nuestro hijo no ha sido curado, pero el milagro en nuestras vidas ha ocurrido debido a nuestra perspectiva eterna

Lo que he aprendido es que la capacidad del espíritu humano puede crear nuevas vías alrededor, más allá de estas barreras. Podemos tener fallas genéticas e incluso fallas en nuestro entorno. Todos esos factores no te predicen o te hacen acreedor a una vida en el marco de tus limitaciones. Puedes escapar de eso y, como cualquier otro error, una falla genética cuando se interpreta correctamente puede usarse para desarrollarte más allá de lo que tú y otros podrían pensar que son sus limitaciones.

Última Actualización:

En el 2017, nuestro hijo se graduó de la escuela secundaria y luego dos días más tarde dejó nuestra casa para trabajar durante el verano en el campamento Boy Scout. ¿Preocupado? Sí. ¿Emocionado por lo que puede y aprenderá sobre sí mismo? ¡Sí!

Ahora, en el 2018, Ian se está preparando médicamente para enviar una solicitud de misión.

Este artículo fue escrito originalmente por Shane Lester y fue publicado por ldsliving.com el título: “Cuando los milagros no ocurren