Me han enseñado que los verdaderos discípulos de Jesucristo desarrollan el don de ver a los demás de la manera en que el Señor los ve. Se necesita humildad, compasión, gracia, práctica y  una visión notable.

Brian Connor de Pennsylvania tiene justo eso. Ve a las personas como si las estuviera viendo a través de un telescopio de ciencia ficción de alta tecnología que sólo el cielo podría inventar.

Connor discierne necesidades y detecta rápidamente quién necesita una broma, quién necesita un abrazo y quién necesita que se le recuerde que todo va a estar bien.

Pero lo que lo hace tan único en un mar de igualdad es que hace todo esto viendo en la oscuridad.

Brian Connor es ciego.

Conocí a Connor hace dos años cuando misioneros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días me invitaron a su casa para acompañarlos a una lección. Antes de la oración de apertura, me di cuenta de que su ingenio era más rápido que el de Steph Curry y el don para la narración de J.K. Rowling la pondría en vergüenza.

Cuando salí de su casa, sabía que él tendría un impacto poco común en mi vida.

A medida que pasaban las semanas, la fe y el testimonio de Connor en el evangelio restaurado crecieron y pronto fue bautizado. Aquellos que habían conocido su pasado, alcohol, drogas y otras hazañas no aptas para una audiencia familiar, estarían abrumados por su poderoso cambio de corazón.

Después de años de pasar una vida muy dura, Connor había perdido la vista. Pero después de tan sólo dos meses de investigar la Iglesia SUD, había encontrado otro tipo de visión.

A medida que avanzaba en el evangelio, fantásticos maestros orientadores y muchos otros miembros se les dieron oportunidades de servirle dando paseos hacia y desde su casa al borde de nuestros enormes límites de barrio.

Era diferente, concluimos, pero no porque estuviera ciego. Connor era especial porque tenía una manera de elevar a aquellos que sus ojos mortales no podían ver.

Un año después de su bautismo, Connor fue al templo y sus ojos se abrieron aún más. Más tarde, fue llamado como consejero del quórum del sacerdocio. Cada semana después de la Escuela Dominical, uno o más miembros del quórum lo conducían por el edificio. 

Porque, bueno, a veces lo hacían.

No importa, Connor siempre se reía. Le encantaba cómo se preocupaban por él y los chicos se mantuvieron junto a su amigo con una sonrisa permanente.

Reunidos en la oficina del obispo, los sacerdotes y el presidente de los Jóvenes trataron a su consejero con gran respeto. El ciego con el colorido pasado contó historias, compartió opiniones y a menudo fue el primero en preguntar por qué alguien no estaba y qué se podría hacer para ministrar mejor a “la oveja perdida”.

Recientemente, Connor me llamó y entre lágrimas anunció que se estaba mudando. Necesitaba un nuevo lugar para vivir y un hermano en Pennsylvania se había ofrecido a ayudarle. 

Dos días más tarde, Connor fue llevado al púlpito y agradeció a los muchos miembros que lo habían acogido, especialmente a los jóvenes. Habían cambiado su vida, y el llamamiento  había sido una bendición que no podía describir. Más importante aún, dio un poderoso y memorable testimonio de Cristo.

Fue un momento que los muchachos – y el resto de nosotros – nunca olvidará.

Cuando Connor se sentó, el miembro más antiguo del quórum del sacerdocio se puso de pie y expresó su amor y admiración por este hombre que se había convertido en un hermano. Con la voz quebrada, el joven dijo: “El hermano Connor demostró que no tenía que poder vernos para guiarnos”.

Más tarde, durante la reunión del sacerdocio, Connor contribuyó a una conversación crucial sobre un miembro del quórum que ha estado en nuestras oraciones y planes durante meses. Sentado al otro lado de la habitación, se me recordó que él sólo ha escuchado las voces de estos jóvenes de 16 y 17 años, pero los ve perfectamente.

Cuando concluyó la reunión, hubo lágrimas, abrazos y fotos. Pero cuando nos dio las gracias por llevarle por la puerta y regresar a su casa, le corrijimos suavemente. -No, Brian, nos has estado guiando.

Dos semanas más tarde, cuando el quórum de sacerdocio se reunió una vez más el domingo por la mañana, sonó el teléfono en el despacho del obispo. Era Connor, por supuesto, para saludar a los muchachos y controlar para ver si estaban donde necesitaban estar.

Porque incluso a pesar de los dos estados de distancia, este discípulo ciego tiene una visión notable.

 

Fuente: DeseretNews.com

 

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