¡Ve a casa! ¡No puedes entrar a Jerusalén!” me gritaba el soldado desde el puesto de control. Este soldado que había invadido mi país ahora me decía que se me negaba el acceso a la ciudad donde nací.  ¡Enojada! intenté responder a ese acto injusto pero me detuvieron las palabras del Salvador que resonaban en mi oído: “Ama a tus enemigos.”

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Los recuerdos pasaban por mi mente, los momentos en que vi a estos soldados demoler las casas de mis familiares, golpear a las personas hasta que sus huesos se rompieran, arrestar a los miembros de mi familia e impedir que fuera a la Iglesia en Jerusalén y participara de la sacramental. Vienen a mi mente, las imágenes de esos soldados invadiendo la casa de mi hermana, a la mitad de la noche, aterrorizando a sus hijos y encarcelando a su esposo, durante meses, sin motivo.

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Soldados israelíes invadiendo una casa.

Otra imagen se formó en mi mente. Era la de Isaac, un compañero de la Universidad Bethlehem. Lo vi inmediatamente después de que un soldado israelí le disparó. Recibió un disparo en la cabeza. De repente, podía percibir el olor a gas lacrimógeno en el aire y el sentimiento de una atmosfera triste en la universidad, ese día, en 1987. Todos en ese lugar, de pie, mientras veíamos a Isaac luchar por su vida porque los soldados no permitirían que lo lleváramos a un hospital. Después de su muerte, recordé como los soldados tiraban el cuerpo de Isaac a un hoyo e impedían que su familia le diera una sepultura digna.

La indignación y el odio llenaban mi alma y pensaba: ¿Cómo el Salvador puede esperar que ame a estos soldados? ¿Eso es posible? Después de haber visto lo que hicieron esos soldados. ¡No es posible que Él espere que los ame! Las palabras volvieron a mi mente, ahora con más fuerza: “Ama a tus enemigos.” La voz del salvador claramente se dirigía a mí.

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Soldados israelíes deteniendo a dos personas que intentaban entrar a Jerusalén.

ENCONTRAR LA FUERZA DEL PERDÓN

Impresionada por lo que se me había mandado a hacer, no tenía fuerzas para enojarme con el soldado y con gran tristeza, me di la vuelta y fui a casa. Me dirigí al camino cercado fuera del puesto de control. Volteé para ver a los soldados y me di cuenta de que estaban impidiendo a muchas personas el ingreso a Jerusalén. Las mujeres discutían con los soldados – algunas les decían que tenían que ir al hospital y otras, que debían ir a trabajar- pero los soldados les respondían con voz grosera que se fueran. A pesar de la conmoción detrás de mí, a medida que me alejaba del puesto de control, todo lo que podía oír era: “ama a tus enemigos.”

En ese momento, fue evidente para mí que era un mandamiento de mi Salvador, como cualquier otro. Él me pedía que amara y perdonara a los soldados israelíes que causaron tanto dolor a mi pueblo y a mí.

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Sahar Qumsiyeh esperando en una larga fila para ingresar a Jerusalén.

Pensaba: “¿Por qué el Salvador me da un mandamiento que sabe que podría no obedecer?” creía que cuando él daba un mandamiento también proveía la vía para obedecerlo, tal como lo hizo con Nefi (1 Nefi 3:7). Aunque sabía que ese principio era verdad, cada uno de mis intentos por amar y perdonar a esos soldados era en vano. ¡Mi duro corazón simplemente no me lo permitía! Oré para obtener guía y ayuda, pero no podía sentir ningún cambio de sentimientos. Pensé en cómo me estaba preparando en ese momento para ir al templo por primera vez. ¿Cómo podía entrar a la casa del Señor sin obedecer todos sus mandamientos?

Después de días de confusión espiritual, leí Moroni 7:48:

“Por consiguiente, amados hermanos míos, pedid al Padre con toda la energía de vuestros corazones, que seáis llenos de este amor que él ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo Jesucristo; para que lleguéis a ser hijos de Dios; para que cuando él aparezca, seamos semejantes a él, porque lo veremos tal como es; para que tengamos esta esperanza; para que seamos purificados así como él es puro.”

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Sahar fuera del templo de Provo después de recibir su investidura.

Sentí que las palabras del Profeta Mormón se dirigían a mí. Esas palabras se profundizaron en mi corazón y las reflexioné día tras día. Me di cuenta que la caridad era un don de Dios. Todo lo que tenía que hacer era desearla [caridad] con todo mi corazón. Luego, orar a mi Padre Celestial y Él me daría este don divino.

¿Realmente el Salvador podría enseñarme como amar? Sabía que no podría amar ni perdonar a esos soldados por mis propios esfuerzos. Mi corazón mortal simplemente no dejaba atrás el pasado. Necesitaba la Expiación. Necesitaba que el Salvador me diera la fuerza y que Su perfecto amor llenara mi corazón.

Las últimas palabras del Salvador mientras colgaba de la cruz y agonizaba, fueron: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). En este impresionante ejemplo, ¡el Salvador fue capaz de perdonar a los soldados que lo crucificaron! ¡No solo los perdonó sino que también oró por ellos! Los soldados que intentaba perdonar no trataron de azotarme ni crucificarme. Entonces, ¿cómo podría justificar no perdonarlos? Claramente, hubo alguien que sabía cómo perdonar y amar, y ese, era mi Salvador y Redentor.

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AMAR COMO AMA EL SALVADOR

Estaba decidida a pedir al Padre Celestial que me ayudara. Me arrodillé y oré. Debería decir que estaba decepcionada porque esperaba un cambio milagroso en mi corazón y mis sentimientos de inmediato. Eso no sucedió. Continué ayunando y orando, confiando en que un día mi oración fuera respondida.

Mi corazón estaba tan reacio que mi Padre Celestial tomó meses para moldearlo y ablandarlo. Sin embargo, esta vez que vi otra vez al soldado, en el mismo lugar, mi corazón parecía diferente. Cuando miré a los ojos al soldado, mi corazón se llenó de amor en lugar de odio. Estos sentimientos de amor me impactaron.

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Soldados israelíes.

No me había percatado del cambio gradual de mis sentimientos y continuaba cuestionando mi capacidad de amar a estos soldados. No obstante, ese día que vi en el soldado a un hermano- no solo porque los palestinos e israelíes literalmente estaban relacionados por sangre sino porque en frente de mi estaba un hijo amado de Dios. Podía sentir el amor del Padre Celestial por ese soldado. En mi mente era capaz de apartar cada cosa mala que hacían los soldados. Finalmente, ¡podía amar a mis enemigos! Como el Salvador perdonó a los soldados romanos que lo clavaron en la cruz. Podía amar a esos soldados que hirieron a las personas. Este sentimiento de caridad y perdón no provenía de mí. Esos sentimientos los recibí debido a mi fe en la expiación de Jesucristo, porque confié en Él y pedí Su ayuda. Fue el Salvador que llenó mi corazón con Su amor.

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Puesto de control israelí.

Testifico que la caridad es esencial para nuestro bienestar espiritual. Ya que, no solo es un mandamiento de Dios para amar a los demás sino porque también dejar ir el enojo y el odio es liberador. Un día, mis amigos y yo estuvimos haciendo fila por largo tiempo para cruzar el puesto de control de Qalandia. Tres veces los soldados nos dijeron que nos cambiáramos de fila. Después de esto, uno de mis amigos se enfadó mucho. Luego, me preguntó, cómo podía lidiar con esa injusticia y no enfadarme, le respondí: “si me enojo cada vez que esto pase, estaría enfadada toda mi vida.”

A medida que aprendí a amar a mis enemigos, también me di cuenta que en algún momento de nuestras vidas tenemos que aprender a dejar ir. Estar enojado y sentir odio por los demás solo nos hiere. Mi fe y paz se han intensificado al aprender a amar y perdonar como lo enseñó el Salvador Jesucristo.

Adaptación del artículo originalmente escrito por Sahar Qumsiyeh y publicado en ldsliving.com con el título “How the Savior Helped Me Forgive the Soldiers Who Imprisoned My Brother and Killed My Friends.”