“La Adicción es algo que afecta a todos. El perdón no es un paso en el proceso de curación. La curación es perdón. Una parte no puede estar completa sin la otra.”

El Sueño

Tuve el sueño más vívido cuando tenía diez años. Estaba de pie junto a la cama de mi madre, agarré su mano fría y la observé consumirse. Su alma dejó su cuerpo ante mis ojos. Una madre blanca, fantasmal y agonizante flotó hacia arriba, y el cuerpo verdoso y amarillento de mi madre yacía simultáneamente en la cama. Me desperté llorando, lamentando la pérdida de mi madre aún viva.

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Solía pensar que este sueño significaba que tenía miedo de que mi madre muriera. Ella estuvo muy enferma durante la mayor parte de mi infancia. Ahora pienso que mi subconsciente simplemente sabía algo que mi cerebro consciente aún no estaba dispuesto a aceptar. Poco después de que tuve ese sueño, la madre que conocí hasta ese momento… se fue. Sus adicciones se llevaron su verdadero yo. Todo lo que quedaba de ella, en esencia, era su cuerpo. Perdió aquella familiar amabilidad que había conocido cuando era niña. Ella se convirtió en un extraño para mí.

Iniciando el Proceso Curativo

Cuando estaba en el último año de la escuela secundaria, al azar recibí un mensaje de voz de mi Presidente de Estaca. Todo lo que dijo fue que quería reunirse conmigo. Sabía que eso sólo podía significar una de dos cosas: 1. Tenía un nuevo llamamiento en la estaca. 2. Estaba en problemas. Mi mundo era bastante blanco y negro en aquel entonces.

Recuerdo acercarme a la oficina del Presidente de Estaca con manos sudorosas y un corazón acelerado. Un hombre de mediana edad salió de su oficina cuando entré. Él y el Presidente Ostler parecían estar en el final de una conversación profunda. Inmediatamente tuve la sensación de que no estaba allí para recibir un nuevo llamamiento.

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El Presidente Ostler me condujo a la oficina. Miré con incertidumbre un escritorio formal de madera oscura con una silla a cada lado. Luego miré dos cómodas sillas grandes. Debe haber visto mi inseguridad al elegir un asiento y me dirigió a una silla cómoda. “Los amigos no se sientan uno frente al otro con un escritorio en el camino” me dijo amablemente. Me gustó lo fácil que se refería a mí como su amiga. No había tenido muchas interacciones uno a uno con él antes de ese día.

“Angela” comenzó, “¿sabes por qué te invité hoy aquí?”

“No.” admití, mirando hacia abajo y frotándome las manos sudorosas.

Me mostró una gruesa pila de papeles: letra era pequeña, con espacio simple, de doble cara. Era una lista de todos los nombres que pertenecían a nuestra Estaca.

“Hay muchas personas en esta lista a las que Dios debe acercarse. Pero Dios dejó en claro que Él necesitaba que te contactara.”

Él no estaba seguro de por qué se suponía que debía llamarme, pero siguió las indicaciones de todos modos. Expliqué un poco de lo que había estado pasando y el Presidente Ostler pareció entender. Empezamos a reunirnos todas las semanas.

Cada vez que me sentaba en su oficina, siempre comenzaba y terminaba nuestras reuniones diciéndome cuánto me ama el Padre Celestial. Él siempre decía que Dios también le permitía sentir una fracción de ese amor por mí. Escuché y empecé a creer que la persona que vio en mí podría ser quien realmente soy.

Él trató de hacerme preguntas sobre mi vida en casa, y captó rápidamente que yo no tenía la capacidad de confiar en nadie con esa parte de mi corazón. Me preguntó si sería más fácil escribirlo todo en un correo electrónico. Intenté eso y me ayudó un poco. Pero me resultó muy difícil compartir mis experiencias mientras era vulnerable con mis emociones. Podría contarle los hechos, pero no podría relacionar los sentimientos que deberían haberlos acompañado naturalmente. Después de 8 años de sentir que la adicción de mi madre la destruía, me di cuenta de que también me estaba destruyendo.

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Yo no sólo estaba mirando. Estaba respondiendo al engaño, a la manipulación, al robo y a la enfermedad. Estaba tan a merced de su adicción como ella. Y como mi madre, estaba en total negación.

Él imprimió mi correo electrónico.

“Angela”, él siempre se dirigió a mí por mi nombre. Nunca pude comprender si su mensaje era específicamente para mí. “Lo que estás experimentando es abuso.”

Querer Perdonar, Pero No Sanar

Por alguna razón, la palabra “abuso” me hizo sentir como si un yunque fuera levantado de mi pecho. Pude respirar de nuevo. Finalmente, reconocí que mi relación con mi madre no era saludable.

Pero también me sentí muy culpable. Sentí que el propósito de mis visitas con mi Presidente de Estaca era ayudarme a perdonar a mi madre, sin embargo, pasamos todo el tiempo de nuestra reunión hablando sobre como “sanarme”. Me preguntaba constantemente ¿Qué significa eso? No veía cómo centrarme en mí me ayudaría a tener una mejor relación con ella. Quería saltar a la parte de curación para poder mirarla y verla exactamente como Dios la ve. ¿Por qué no puedo simplemente perdonarla?… Sentí que estaba fallando.

No entendí en ese entonces que la curación es un proceso y eso está bien. Dios no esperaba que yo entendiera todo de una vez. No esperaba que dejara capas de cicatrices en sólo unas pocas sesiones. Por lo tanto, Él me ofreció la oportunidad de servir en una misión.

La Gran Misión de San Diego California

Me dolió un poco el corazón cuando los Elderes y Hermanas daban su testimonio en su último día sirviendo y hablaban de cuánto amaban sus misiones. Sentía esta punzada de remordimiento y tristeza, porque quería sentirme tan ligera como ellos. Yo no quería tener miedo, yo quería amar mi misión En esos momentos, Dios me recordó que nunca prometió que estaría completamente sanada para cuando vaya a la misión.

Una frase que quedó en mi mente mientras me apartaban fue:”Serás apta para enfrentar este desafío en tu vida.” Nunca prometió: “Estos serán los mejores 18 meses de tu vida.”

Ahora estoy llegando a un acuerdo con eso. Está bien. Mi misión no se sentía como un ministerio alegre la mayor parte del tiempo. Me llevó cara a cara con mis inseguridades y desafíos. Dios no me dejó olvidar lo que había pasado. Me permitió enfrentarlos una y otra vez, para poder superarlos.

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Mi misión comenzó en una zona próspera de San Diego. Hubo muchas noches donde experimenté intensa ansiedad después de que mis compañeras se durmieran. Por lo general, dormía entre las 10:15 p.m. y 3 o 4 de la mañana, luego me mantenía despierta el resto del día.

En la mayoría de las mañanas, escuchaba a un padre insultar y físicamente abusar de su pequeño hija en el frío de las mañanas. Vivieron al otro lado del pasillo. Aunque sin ver su rostro detrás de la puerta, yo la conocía. Sabía que tenía cabello castaño y lentes. Sabía que era una Scout. Conversábamos con ella mientras iba de camino al departamento de su padre y nosotras en camino a una cita. Pero cuando no la veía, la conocía mucho mejor.

La escuché llorar y tratar de ser valiente cuando la voz mascullada de su padre le ordenaba que se detuviera. Su dulce voz resonó en mis oídos durante todo el día. Finalmente, le conté a mi Hermana Líder, a mi compañera y al gerente del departamento, lo que había presenciado. Sin embargo, como misionera, no pudía poner a la Iglesia en una posición de responsabilidad. Si denunciaba el crimen, incluso anónimamente, existía la posibilidad de que me llamaran como testigo.

Si no podía ayudar a esa chica, ¿por qué Dios me había puesto en un apartamento frente a ella? De las 422 misiones, me envió a San Diego. De las 13 zonas, Él me envió a mi zona. De las 7 áreas, Él me envió a mi área. ¿Por qué?, no podía ayudar a la persona de mi área que sabía que necesitaba más ayuda.

Donde quiera que iba, siempre estaba rodeada de gente que me recordaba a mi madre. Algunas personas me recordaron la forma en que era ella cuando la adicción era solamente al alcohol, cuando yo aún no era consciente de ello. Otros eran similares a la forma en que la vi en ese momento. Las drogas habían tomado todo lo que era importante para ellos: sus familias, su salud y su cordura.

Otros todavía me mostraron una imagen reflejada de cómo podría ser mi madre en el futuro. Le enseñamos a un hombre bueno, generoso y cambiado que acababa de salir de la cárcel por abusar de las drogas y su novia de toda la vida. Había encontrado a Dios en la cárcel y estaba listo para cambiar su vida. Otra era una mujer que estaba demasiado ida, tanto que ella hablaba de las invasiones extraterrestres que había experimentado durante nuestra clase de Principios del Evangelio.

Conocer a todas estas personas en mi primera área cuyas vidas fueron tocadas y cambiadas por las drogas poco a poco me hizo darme cuenta de que estas personas todavía eran importantes para Dios. Todavía estaban llenos de valor; todavía tenían historias para contar; todavía estaban llenos de amor y podían ser amados; lo más importante es que todavía tenían su propio albedrío y tenían el poder y la capacidad innata de cambiar.

Vi cosas hermosas que les sucedieron a estas personas en el corto tiempo que llegué a ser su misionera. Cosas hermosas sucedieron porque ellos quisieron que sucedieran y porque Dios les permitió que sucedieran.

Guardar Mi Placa Misional y Volverme Hija Una Vez Más

Fue realmente bueno ver a mi madre otra vez. No la había visto físicamente en 18 meses, pero no había visto su cuerpo y alma en el mismo espacio durante casi 10 años. Me relevaron de mi llamamiento como misionera el día que llegué a casa. Mi madre y yo fuimos juntos al edificio de la Iglesia, y ambas fuimos directos al baño para ponernos un poco más lindas antes de que fuera el momento de reunirnos con mi Presidente de Estaca.

Por primera vez desde que puedo recordar, mi madre se disculpó.

Ella había dicho las palabras “Lo siento” antes, pero siempre era seguidas con un “pero”, que siempre era seguidas por la culpa. Era evidente que generalmente yo tenía la culpa.

En ese momento pude ver sus ojos. Ellos mostraban la luz de su alma de nuevo. Esta vez, sentí que su espíritu me decía que lamentaba el dolor que me había causado. Ella confesó con pesar que no recordaba todo lo que me había hecho, pero que aún así lo lamentaba.

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“Mamá, está bien.” Las palabras me sorprendieron porque eran verdad. Todas las reuniones, mis inseguridades, mis sentimientos heridos, el entumecimiento, las lágrimas y las oraciones condujeron a la curación, que finalmente culminó en tres palabras. El perdón no es un paso en el proceso de curación. La curación es perdón. Una parte no puede estar completa sin la otra.

Luego, allí en el baño de la iglesia, abracé el cuerpo y el alma de mi madre por primera vez desde que tenía 10 años. El sueño y las pesadillas desaparecieron. Ya no estaba mirando su cuerpo sin vida en una cama.

La estaba viendo levantarse de su lecho de muerte.

En el año y medio que estuve fuera, mi madre comenzó a ir terapia, a recibir medicamentos para el trastorno bipolar y a participar en el Programa de 12 pasos de la Iglesia. Muchos de los medicamentos que habían probado con ella realmente la arruinaron. No escuché mucho sobre el proceso mientras estaba ausente, y en mi familia, cuando no hay noticias es porque son malas noticias.

De alguna manera, los doctores descubrieron un cóctel de medicamentos óptimo que aún le permitía ser un ser humano mientras trataba su enfermedad mental. Dios me devolvió a mi madre, y ella es tan dulce y encantadora como la recordaba.

Afortunadamente, por la gracia de sus elecciones y Dios, recuperé a mi madre, diez años después de que tuve ese terrible sueño de su muerte. Sin embargo, mi misión me enseñó que podía sanar y amar a mi madre sin depender de su cambio. Podría perdonarla y estar bien, una y otra vez, incluso si ella nunca cambiaba. Dios usó mi misión como una oportunidad para apenas tener contacto con mi madre. Él me llevó a perdonarla durante la única vez en mi vida que no tenía idea de cómo estaba.

La Curación no es estar Curados

Así como un alcohólico en recuperación nunca podrá ser como era antes, yo aún estoy sanando y nunca seré curada totalmente en la mortalidad. Estar curado implica algo integro, algo total. Yo todavía no estoy ahí. No creo que sea pesimista creer que nunca estaré ahí como ser mortal.

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Todavía encuentro difícil confiar incluso en aquellos que más amo. Es difícil confiar por completo incluso en aquellos que nunca han traicionado mi confianza. Mi mamá todavía lucha de vez en cuando. Sus medicamentos le dan terribles efectos secundarios físicos. Le cuesta mucho sentir y expresar emociones profundas cuando está con su medicación, algo que solía ser un talento natural de ella. Ella ha perdido algo de sí misma en el proceso de curación. Todavía me duele por ella, y todavía me duele demasiado. A veces, incluso el sólo hecho de sentir dolor por alguien vivo es sanador.

Este artículo fue escrito originalmente por Angela Cava y fue publicado por mormonhub.com el título: “Healing from my Mom’s Addiction