Al estudiar esta clase de Escuela Dominical, Fe en cada paso,  entendamos que el objetivo de esta lección es comprender cómo el viaje de los pioneros hasta el valle del Lago Salado se asemeja al recorrido que nosotros tenemos que hacer para regresar a nuestro Padre Celestial, y que sintamos  agradecimiento por los sacrificios que ellos hicieron.

La tierra prometida para nosotros en este tiempo

Para nosotros en estos tiempos, la “tierra prometida” es el Reino Celestial. El élder M. Russell Ballard, del Quórum de los Doce, dijo al hablar de los pioneros que establecieron los cimientos de esta dispensación:

“…su jornada se asemeja a la nuestra. En cada paso que dieron encontraremos una lección para nosotros, lecciones de amor, de valor, de compromiso, de devoción, de perseverancia y, sobre todo, de fe” (“Nada deben temer de la jornada”, Liahona, julio de 1997, pág. 67; cursiva agregada).

La declaración anterior nos lleva a la siguiente pregunta que debemos responder de manera personal: ¿De qué manera el perseverar en momentos de dificultad ayuda a los que vienen detrás de nosotros?

En ese tiempo, el Señor dio instrucciones temporales y espirituales para que los santos pudieran prosperar, esas instrucciones siguen vigentes para nosotros y están registradas en Doctrina y Convenios 136. Estudiemos a menudo esa sección.

La marcha de los pioneros nos ayuda a llevar nuestra propia jornada para regresar a la presencia de Dios. El élder M. Russell Ballard enseñó:

“La vida no siempre es fácil. En algún punto de nuestro viaje podríamos sentirnos como los pioneros cuando atravesaron el estado de Iowa, con el fango hasta las rodillas y obligados a enterrar algunos de nuestros sueños por el camino. Todos debemos enfrentar obstáculos encarando el viento y un invierno prematuro. A veces pareciera que nunca se acaba ese polvo que nos hiere en los ojos y nos nubla la vista. La desesperación y el desaliento nos salen al encuentro para impedir nuestro progreso… En ocasiones, cuando llegamos a la cima de una etapa en la vida, tal como los pioneros, sólo alcanzamos a ver otra cima más alta y formidable que la que hemos superado. Si recurrimos a fuentes invisibles de fe y perseverancia, como lo hicieron nuestros antepasados, avanzaremos paso a paso hacia el día en que, junto a todos los pioneros que han prevalecido en la fe, cantaremos a una voz: ‘¡Oh, está todo bien!’ ” (“Nada deben temer de la jornada”, Liahona, julio de 1997, pág. 68).

 

 

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