Hace varios años tuve que enfrentar el momento más difícil y complicado de mi vida, el divorcio. Cuando me casé en el templo, creí que mi matrimonio sería eterno, pero la vida no siempre sale según como uno lo planea.

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El divorcio puede ser devastador y, desafortunadamente, mientras que el adversario continúe librando una guerra contra el matrimonio y las familias, es probable que el divorcio siga siendo un desafío al que nos enfrentamos, incluso dentro de la Iglesia.

La incidencia del divorcio entre aquellos que han estado casados en el templo debería tener una preocupación colectiva. También debería impulsarnos a considerar las necesidades y preocupaciones de nuestros hermanos y hermanas en la Iglesia que se han divorciado mientras continuamos ministrándoles.

Sentimientos y miedos comunes

Muchos hombres y mujeres que guardan sus convenios siguen avanzando a pesar de lo roto de sus corazones y sus sueños. Muchos anhelan ser útiles y necesarios. Todos ellos necesitan el poder expiatorio del Salvador para “vendar a los quebrantados de corazón, se les dé gloria en lugar de ceniza, aceite de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar de espíritu apesadumbrado.” (Isaías 61:1,3). Pero el camino es abrumador e intimidante incluso para los más fieles de los Santos.

Un investigador sobre el tema dijo: “Los Santos de los Últimos Días divorciados tienen una menor participación religiosa que los miembros casados. Asisten a la Iglesia con menos frecuencia, oran, pagan su diezmo y tienen llamamientos en la Iglesia con menos frecuencia que los miembros casados. Estos pueden ser síntomas de las causas y las consecuencias del divorcio.”

Las emociones de un matrimonio que ha sido terminado son complejas y dolorosas. Los divorciados pueden sentir que apenas sobreviven, tanto emocional como financieramente. La alegría puede parecer como algo imposible de imaginar. Tanto los padres como los hijos sufren pena, enojo, resentimiento, culpa, miedo, soledad y pérdida. Muchos temen ser etiquetados, juzgados y, lo peor de todo, ignorados por los líderes y miembros de la Iglesia. Pueden volverse tímidos o retraídos; pueden resentirse y volverse amargados.

Como un hombre divorciado dentro de la Iglesia, he tenido muchos de estos sentimientos, pero mientras oraba pidiendo ayuda, descubrí que el Señor envió a varias personas para ministrarme a mí y a mis hijos. Gracias a las experiencias que tuve, creo que como miembros del barrio y hermanos Santos de los Últimos Días se nos puede dar oportunidades de actuar como ángeles ministrantes para alguien cercano a nosotros.

Estas son algunas de las experiencias de cómo esos “ángeles ministrantes” me ayudaron a mí y a mi familia en nuestro camino.

La Sociedad de Socorro, el Obispo y el Servicio

Como padre soltero, de repente me encontré a cargo de todas las necesidades familiares. Trabajaba a tiempo completo, hacer las compras, limpiar la casa, lavar la ropa, cocinar, cortar el césped, llevar y traer niños a la escuela, asistir a sus actividades deportivas y actividades de la Iglesia, y mucho más. Mi tiempo libre se convirtió en un lujo olvidado; quería tener tiempo y presencia suficiente para ayudar a mis hijos con las tareas escolares y nutrirlos en el Evangelio, pero no tenía el tiempo ni la energía para hacerlo todo. Me sentí abrumado.

Como no soy miembro de la Sociedad de Socorro, tuve miedo de pedir su ayuda, pero las amables hermanas y vecinas ofrecieron su ayuda de todas maneras. Por ejemplo, cuando estaba ocupado en el trabajo y no podía llegar a la escuela a tiempo para recoger a mis hijos, estas amables mujeres los recogían para mí. Invitaban a mis hijos a sus casas a jugar para que pudiera cumplir con algunos compromisos o hacer las muy necesarias tareas del hogar. Todavía estoy agradecido porque cuidaron a mis hijos cuando ellos estuvieron bajo su cuidado.

Mi obispo respondía mis llamadas de día o de noche. Él siguió el espíritu de discernimiento. Cada vez que necesitaba orientación, una bendición del sacerdocio o simplemente un lugar seguro para conversar, él estaba allí. Aprecio su liderazgo y comprensión. Él me ayudó a mantener mis ojos en el Salvador durante mis horas más oscuras.

Fui bendecido con llamamientos significativos por parte de mi obispado durante y después de mi divorcio. Mis llamamientos me fueron dados con amor y confianza. Esto me dio fuerza. Me ayudó a ser constante en mi asistencia a la Iglesia y a enfocarme en los demás a través del servicio.

Los familiares y amigos

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Mis amigos cercanos, los miembros del barrio y la familia ofrecieron su fe y oraciones en nombre de mí y mi familia. Estaba tan agradecido por sus constantes palabras amor y apoyo; incluso un miembro de la familia llevó nuestros nombres al templo.

Un domingo particularmente difícil, me sentí invisible y sin importancia, sentía que no pertenecía a un barrio con tantas familias “normales”. Tan pronto como guié a mis hijos a sus clases de Primaria, me encontré caminando hacia la salida; no sabía a dónde iba a ir, sólo quería desaparecer.

Antes de que pudiera escaparme, un amable hermano de mi barrio me rodeó con un brazo. Me dijo que estaba impresionado conmigo y elogió mi diligencia al llevar a mis hijos a la Iglesia todas las semanas. Estaba tan agradecido por su amabilidad, sus palabras llegaron en un momento crucial y me dio fuerza para seguir perseverando.

Nuestro maestro orientador fue un verdadero amigo para mí y para mis hijos. Él sabía que estaba solo y que sufría, me enviaba mensajes de texto y me llamaba con frecuencia. Cuando él y su compañero me visitaban, sabía que él nos amaba a mí y a mis hijos. Él era un hombre alto, así que mientras enseñaba sus mensajes inspirados, se ponía de rodillas para mirar a mis hijos a los ojos. Hacía preguntas sinceras y recordaba los detalles. Él les dijo que Jesús los amaba. Él fue un discípulo de Cristo.

Los jóvenes de mi barrio me visitaron una tarde como parte de una actividad de preparación misional. Mis hijos se habían ido esa noche y la casa estaba incómodamente silenciosa y vacía. Me sentí muy contento de tener visitas. Esos alegres poseedores del Sacerdocio Aarónico simplemente estaban cumpliendo con su deber de “velar siempre por los miembros de la Iglesia” (DyC 20:53), pero me hicieron compañía y me ayudaron a aligerar mi carga.

Una fría noche de diciembre, sonó el timbre de mi casa; mis hijos abrieron la puerta y encontraron un grupo de pequeños obsequios. Una persona, de manera anónima, nos eligió para que recibiéramos regalos durante los 12 días previos a la Navidad. Ansiosamente esperábamos a que nos visitara a escondidas todas las noches a medida que se acercaba la Navidad. Nunca olvidaré la alegría que mis hijos y yo recibimos esa época de Navidad gracias a la preocupación de otra persona.

Encontrar la Luz

Muchas veces me sentí sin esperanza y temeroso en mi recorrido a través del túnel oscuro que tuve en frente, pero puedo testificar que hay luz, no sólo al final del túnel, sino a lo largo del camino. El Señor es esa luz. Está de pie con los brazos abiertos presto para consolar, sanar, perdonar y liberarnos de toda fuente de angustia. Él envía el Espíritu Santo y los ángeles ministradores para ayudar a los que sufren. Hay oportunidades para que cada uno de nosotros actuemos como ángeles para quienes nos rodean: “Sí, y estáis dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo.” (Mosíah 18:9).

El divorcio es una cauda de duelo para muchos de nuestros hermanos y hermanas Santos de los Últimos Días. Puede sentirse como el fin de ciertas esperanzas y sueños que atesoraban, es una prueba de decepción y soledad; no obstante, el Señor ha descendido debajo de todas las cosas y alivia todo tipo de carga. A través de Su expiación infinita, Él da paz y descanso.

El Presidente Dallin H. Oaks, primer consejero de la Primera Presidencia, ha enseñado: “Todos los que han pasado por el divorcio conocen el dolor y la necesidad del poder sanador y de la esperanza que proviene de la Expiación.”

Es mi deseo que nos percatemos de aquellos viajeros cansados que van ​​en nuestro camino, que necesitan de nuestra amistad, de nuestro amor y nuestra comprensión. No importa quiénes somos, todos podemos ministrar a quienes nos rodean.

Este artículo fue escrito originalmente por Brian Duncan y fue publicado por lds.org bajo el título: “Ministering to Members Who Are Divorced